Cuentos de Pedro Lozano Álvarez.

 

 

 

 


1.- RABO DE SATANÁS.

 

Cuento de la tradición oral cepedana

 


 

Los primeros días en la vida de un raposín.

 

Contaba Pedro que había aparecido en aquellos días por aquellos parajes de nuestro pueblo un cachorro de raposo, un raposín.

Lo pintaba tan aparente y tan listo que convinimos en ponerle de nombre “¡Quelisto!”.

Él y dos hermanas raposinas nacieron durante las últimas frioleras del invierno. Con los ojos todavía cerrados, se aferraron al calor de la ubre materna en la oscuridad de los recintos más íntimos, permanentemente templados, de la raposera del Arcavueche de Valdeján en Ferreras.

 

La cueva de la raposa en el Arcavueche de Valdeján.

 

   

Invierno

 

Primavera

 

  

   

Verano

 

Otoño

 

Allí medraron rápidamente hasta que los primeros calores de la primavera se hicieron notar en los parajes abrigados. Entonces abrieron desmesuradamente los ojos y asomaron al mundo exterior, primero con recelo, luego con tantas ganas de descubrir la vida que antes de San Juan ya se les habían quedado pequeños aquellos recodos soleados.

 

Tres eran tres

 

Sus primeras salidas, siempre “al rabo” de la madre raposa, los llevaron a las lomas despejadas de Matalascanda, a las "chanoleras" de Vallín del Hayo y de El Paramiello, a las laderas boscosas del Orbayo y de Frimiulas, y a los claros floridos de El Souto y de La Piorna, aunque siguieron refugiándose en la guarida nativa para evitar los peligros, los sustos y los últimos rigores del clima.

En pocas jornadas de merodeo adquirieron una impronta completa para sobrevivir, repitiendo miles de prácticas para dominar los saltos y carreras, controlar la agresividad, asumir el riesgo en las peleas, soportar el dolor, reconocer la superioridad ajena, escapar cuando era inevitable del acoso de los más fuertes y guarecerse de lluvias, pedriscos y del temor a rayos y truenos. También aprendieron las pautas de la "rebusca" de alimentos vegetales y del rastreo de presas vivas, siempre advertidos de las amenazas que se podían emboscar entre la maleza o sobrevolar las copas de los árboles entre “farrapos” de nubes fugaces.

A la vez que desarrollaban todos sus músculos, se iban activando sus ganas infatigables de retozar. Tanto consumo de energía producía en sus estómagos unos agujeros tan hondos que no se colmaban con las raciones del reparto y sus apetitos se manifestaban insaciables. Eran ya tres bocas ávidas patrullando las sendas del monte, tres trotes en tropel recorriendo “desatalentados” las linderas de los terrazgos. 


 

Primeras escaramuzas en solitario.

 

Nuestro raposín se mostró sobradamente capaz de “ganarse la vida” a principios del verano, cuando las ansias de crecer le impidieron aguardar en grupo su partición de la caza materna. Tras su partida en solitario amanecieron para él los albores dorados, los días luminosos, los crepúsculos inflamados y las noches estrelladas, tiempos felices de universal libertad, abiertos a nuevas sendas interminables.

Aquella benignidad del clima lo impulsó a vivir jornadas completas de exploración, en las que pareció que las cosas más apetecibles saltaban al encuentro de su exquisito paladar, casi sin que él las buscara: durante el día había tantos “saltones” por las praderas que era muy fácil atraparlos al vuelo o en mitad de sus saltos; en cualquier “testero” o pedregal soleado aparecían lagartos y lagartijas que no tenían escapatoria posible de sus zarpazos; y no digamos nada del festín que se le ofrecía cuando acertaba a localizar alguna “ñalada” de huevos, ya de perdiz ya de codorniz, en los “adiles” de las “veguas” solitarias. Si se dirigía a los “ajuncares” o “carrizales” de los “llamargos”, las “ñaladas” podían ser de “curros” o de “pollas de agua”. En las praderas de las “vallinas” encontraba numerosas toperas y cuevas de escarabajos, grillos o alacranes, presas que también le sabían deliciosas. En los cierros o márgenes del río crecían ya las primeras moras, agrias todavía, mientras el suelo aparecía sembrado de los más dulces “cuscuritos” caídos de los cerezales silvestres.

 

A la rebusca

 

Pocos días después de su partida ya triunfaba en esperas excitantes, que durante las horas calurosas lo llevaban a las inmediaciones de manantiales o regueros a los que acudían a apagar la sed las prolíficas polladas de “perdigones” o de “codornizos” volanderos, mientras que durante las horas nocturnas podía localizar a los sigilosos ratones en la proximidad de los “carrillos” de mieses o en las linderas de los rastrojos. Cuando ansiaba lances más notables, se deslizaba por la orilla del río en busca de nuevas especies de presas, como ratas o culebras.

 

A la espera

 

Alcanzó el colmo de excitación predadora durante uno de sus merodeos nocturnos, cuando se atrevió a deambular a hurtadillas por las calles del pueblo, de las que hubo de escapar a tropezones, con el corazón encogido, tan pronto como los perros olieron su rastro y comenzaron a “embiscarse” en su persecución. De aquella aventura salió bastante asustado, pero nada escarmentado, porque ya no podría olvidar los olores que surgían de los corrales que oteaba desde lejos: ¿serían gallinas? ¿serían gallos? ¿serían conejos?

 

Enamoramiento por la "golienda"

 

 

El lance extraordinario para el día de hoy. Una aventura completa, verosímil y graciosa.

 

Su lance más célebre sucedió un día de julio, bien entrada la mañana calurosa, mientras Quelisto seguía a un escuadrón de cigüeñas a la caza de saltamontes por el “Couto” de Sueros en Valleovar. Avisado por un alboroto de gritos y risas, avistó desde lejos a un par de pastorines de vacas de Ferreras que “chapuzaban” desnudos en el Pozo Salmerón. Tras apercibirse de que habían dejado sus ropas y fardelas colgadas a la sombra de una encina algo alejada, se acercó a husmear con disimulo, sucumbió a una tentación olfativa y se largó con la fardela que emitía los olores más atrayentes: aromas de pan, mantequilla, tocino y chorizo.

 

¡Denos Dios fardelas llenas

y pastorines descuidados!

 

¡Qué festín se prometía el raposín! Y qué rabieta acometió al pastorín dueño de la fardela, que apenas lo llegó a atisbar cuando escapaba entre las urces con su botín entre los dientes. No lo pudo perseguir a la carrera porque, estando desnudo y descalzo, corría el riesgo de espetarse en un “garrancho”. Tan sólo pudo amenazarlo desde lejos a “cantazos” y voces:

¡Ay raposín rabosín,

alipende y llambrionín!

Derreñíu del diabro sías,

pus la merienda me quitas

pa tú henchirte bien tus tripas

y yo las tendréy vacías.


¡Así revientes de farto

y t’esfarrape algún llobo!

¡Así te caguen las moscas!

¡Así te roigan los cocos

y t’engullan los llagartos!

 

Fuye, fuye, ruin traidor;

pero ya vendrán más días,

si no s’amata este sol

y no se derrumba el cielo,

y entoncias serán las mías:

¡Qu’hey d’atartallarte al cabo

y hey d' arrancarte un canelo

y hey de chamuscarte el rabo!

 

Claro que, después de tanto conjuro inútil, el pastorín hubo de renunciar al divertido placer de “correr las calenturas tras la ñadadera” para dedicarse a cavilar la forma de aplacar el hambre de toda una larga jornada: Nada más aceptó de su compañero de fatigas una "rebojina" de pan, ya que la ración de otras vituallas venía tasada en cada una de sus meriendas; apenas consideró la conveniencia de volver al pueblo a buscar otra merienda o de acercarse a los labrantíos a robar unas matas de garbanzos que ya habían comenzado a granar, porque tenía el encargo de "desamecer" las vacas después de la siesta y arrearlas por separado para aprovechar los mejores pastos de los "llamarguines" y los quiñones de "fuelga" que quedaban entre la rastrojera, que todavía no había sido "derrotada". Se las apañaría “escogollando” granos de las espigas más seruendas que quedaban en pié, sorbiendo "tetos de mantigones” que pudo localizar bajo los "codejos", royendo turiones de zarzas y rosales, triscando “tallos monteses” y hojas nuevas de “espino de ñigral”, y devorando algunas ancas de rana y algunos “carpinchos” que pudo apuñar al descuido y que, asados sobre piedras “chapletas”, le supieron bastante sosos y un pelín amargos.

¡Eso sí, no cesó de rumiar durante todo el largo día sus lamentos y amenazas de odio eterno al raposo "llambrión" por aquella afrenta que juraba no perdonarle mientras viviera!

 

¡Ruin merienda, me cagü'en...!

 

 

La emancipación de Quelisto.

 

Siguió creciendo Quelisto mientras vigilaba atentamente el lento girar del sol y las estrellas, un día después de otro, una estación después de otra, como si nunca se fuera a acabar el mundo ni se fueran a saciar sus ganas de vivir; gozando de la vida entre calimas y escarchas, bajo lluvias y nevadas, y tropezando a salto de mata con humanos y animales, de los que intentaba siempre sacar provecho.

Los éxitos continuos de sus partidas incentivaron unos hábitos extraordinarios en su conducta, pues, mientras sus congéneres preferían las horas nocturnas para merodear y cazar, pero se retiraban a la madriguera tan pronto clareaba el día, él aprovechaba los días tanto como las noches y nada más se retiraba a la raposera, siempre sin horario y con la barriga bien llena, para dormir lo imprescindible o guarecerse de sus predadores y de las tormentas.

Descubrió los mejores circuitos de entrenamiento para ganar velocidad, resistencia, astucia, habilidad y conocimiento del medio. En ellos se ejercitó de continuo hasta convertirse, como depredador, en un experto en el rastreo y en la batida de presas vivas y, como furtivo, en un reiterado, tal vez excesivamente confiado, descuidero a la rebusca de uvas en las viñas y de frutas en los huertos.

Viviendo una vida tan venturosa en un hábitat tan dadivoso de ricos y abundantes alimentos, nuestro raposín alcanzó un ser y parecer más propios de la madurez que de su edad. Sólo le faltaba satisfacer una apetencia persistente, obsesiva, la que despertaban en él los olores tan tentadores que emanaban de los corrales y calles del pueblo que no dejaba de mirar y remirar con cien ojos desde los tesos de La Corneta, de El Orbayo, de La Torre o de La Silvar: ¿gallos, gallinas, conejos…?

 

Ferreras y Morriondo: ¡corrales "a esgaya"!

 

Bien nutrido, lucía fuerte, vistoso, tal vez algo desmedido en “esparpajo” como para atreverse a exhibir las orejinas tiesas y el rabo, largo y voluminoso, tendido como una enseña cuando se encontraba con sus congéneres, especialmente cuando se trataba de raposinas amistosas. Por tales osadías tropezó con el acoso de algún raposo líder que le reiteró su animosidad cuantas veces se arrimó a las raposeras sin rendir el rabo, escamoteado entre las patas.

De algún modo confirmó que no le quedaba sitio en el clan del Arcavueche cuando su madre rechazó, “enriscando el focico”, su acercamiento al recinto de la raposera. Entonces se largó por otros derroteros, sin destino fijo y sin ánimo de regresar, aunque se llevó, bien grabadas en su memoria espacial, las sendas de la madriguera, como refugio seguro contra los riesgos más graves y como un territorio que valdría la pena reconquistar y ocupar en el futuro.

Por el momento prefirió ampliar el ámbito de sus correrías a los terrazgos de Villaviciosa, Las Omañas, Escuredo, San Feliz de Las Lavanderas, Morriondo, Sueros y Riofrío.

 

Territorio y raposera del Clan del Arcavueche de Valdeján

 

Unas estaciones sucedieron a otras, cada una con sus propios alicientes: al final de cada verano se iban las cigüeñas y las golondrinas; luego maduraban las frutas, se mareaban las hojas, menudeaban las lluvias y florecían las "lunceas"; más tarde se iban también las "lavanderas" y las "buiceras", y después las "linaceras", pero llegaban las "pementeras", que bajaban del norte para invernar; tras unos meses de inclemencias extremas, se alargaban de nuevo los días, regresaban los animales paisanos que habían emigrado y renacían todas las plantas. Siempre igual, cada evento a su tiempo cada año.

 

   

Luncea blanca

 

Luncea malva 

 

Pero una vez, sin aviso previo, sobrevinieron un par de estaciones de clima desacostumbrado, áridas y ventosas, parcas de vegetación y de alimentos, en las que las carencias era lo que más crecía sobre aquellas tierras, especialmente cuando terminó el otoño. Ya los días amanecían helados y se extinguían en resplandores fugitivos sobre los sierros, mientras un sol bajo y mortecino giraba sin templar apenas la tierra entre albores retrasados y crepúsculos precipitados. De forma paulatina los pocos animaluchos que se arrastraban, flacos y ateridos, se fueron escondiendo aletargados, desapareciendo bajo la hojarasca escarchada igual que las escasas frutas raquíticas. Finalmente, se “escricó” sobre la tierra un invierno interminable de vientos, de hielo, de frío y de hambre.

En semejante trance, aunque la impronta de Quelisto le seguía proponiendo cautelas, su hambre le impuso un gran riesgo para colarse receloso, pero decidido, en un corral que encontró abierto, en el que unas gallinas se “esporpollaban” al tenue sol abrigado de una media mañana.

 

¡Más grandes que mi hambre!

 

Mientras su corazón trotaba ansioso, los pelos de Quelisto se erizaron, sus colmillos se bañaron de saliva y sus ojos reflejaron el sol, al arrastrarse hacia ellas, queriendo volverse invisible; pero unos pardalines inoportunos chillaron desde los tejados su locuaz alarma de “chiuchius”. Él les quiso ladrar furioso, pero, no siendo aquel el momento, decidió guardar ese agravio para otra ocasión en su saco de los rencores, porque ahora tenía mucha más hambre que ganas de alborotar.

Tocaba acercarse más, dar otro paso, dos pasos más, quedarse inmóvil, sin respirar apenas, como un objeto inanimado. Dar otro paso... Ya casi podía saltar sobre la gallina más próxima, cuando percibió un olor odioso, escuchó una respiración ansiosa, vislumbró el acercamiento de una sombra gigantesca y el instinto activó sus hábitos inmediatos de salir “al trespatel”: saltó en un quiebro repentino hacia la izquierda, giró tras un carro para salir por la derecha; escapó a toda velocidad, sin mirar atrás, sin atender a los ladridos que ya lo atosigaban; corrió más que el viento para escapar del pueblo; esquivó unos arbustos, viró detrás de otros, se arrastró bajo unos zarzales, desechó caminos y sendas, tropezó en un morrillo y cayó en un “trincafuelle”; pero se relanzó a la carrera, saltó un reguero, “arraldó” una charca…

Sufrió golpes en los costados, rasguños en las orejas, “vardascazos” en el morro, pinchazos en la barriga...

En un instante el perseguidor se le echó encima, Quelisto olió su aliento, oyó sus pisadas, notó el roce de sus fauces en el extremo del propio rabo... Tampoco cedió al pánico; quebró de nuevo la dirección y aceleró la carrera hasta agotar sus energías para no dejarse matar. ¡No se iba a rendir!

Pero enseguida supo que ya había alcanzado el límite de la fatiga y padeció el agobio de sentirse triturado por una dentellada inminente. Entonces se precipitó de morro contra una mata espesa y se escurrió a retortijones entre zarzas y tojos, desollándose contra las espinas, hasta sentirse atrapado e inmóvil, con el rabo asomando todavía al exterior de la maraña.

También su perseguidor intentó colarse por el mismo resquicio, saltando contra la punta blanca del rabo que rebullía, pero salió rebotado, no logró atraparlo todavía.

¿Tendría Quelisto un instante de respiro? No, por desgracia. Antes de recuperar el aliento, notó otra presencia con dos ojos diminutos y agudos que taladraban la espesura, con un aliento abrasador y un olor repelente, los del jabalí encamado entre aquellas malezas.

¿Se entregaría finalmente al pánico? ¡No! ¡Jamás se rendiría vivo!

Se concedió tan sólo el instante para alentar y refrescar la lengua y se escurrió con todas sus fuerzas, apretujado a través de otro resquicio de salida, mientras el perro circundaba frenéticamente la espesura para tratar de echársele encima.

En un santiamén, consumiendo todas las energías que le restaban, nuestro raposín se escabulló en dirección a los parajes y sendas familiares y, por éstas, hasta el refugio de origen y la galería más recóndita, siempre templada, de la raposera materna. Allí, tendido, agotado, famélico, pero vivo y seguro al fin, esperó a aliviar su fatiga y a recuperar sus ritmos vitales, relajando músculos y pesares, calmando a lametones los dolores más agudos de cada una de las heridas y arrancando a dentelladas algunas espinas clavadas en sus patas y costados, mientras hacía un sentido recuento de sus méritos y fallos en el lance que acababa de vivir:

 

Momento de reflexión

 

“¡Naricicas, qué bien golisteis!

¡Orejicas, qué bien oyisteis!

¡Ojicos, qué bien lo visteis!

¡Paticas, qué bien corristeis!

¡Pero tú, rabo de Satanás,

mientras más corríay yo p’alante,

más te quedabas atrás! 

 

 

… Y colorín colorado.

 

Para vuestra tranquilidad os puedo asegurar, contertulios de hoy, que nuestro raposín descansó, que curó sus heridas, que recuperó su ánimo y que asomó otra vez al mundo con toda su astucia, con toda su valentía y con un par de lecciones aprendidas de este pequeño fracaso: la primera, que es poco recomendable apetecer gallinas de corral bien guardado, por mucho que nos rujan las tripas; la segunda, que un raposín verdaderamente listo no debe ni presumir en exceso de la galanura de su propio rabo, ni ser demasiado crítico con su inutilidad, porque siempre le servirá, al menos, para equilibrar el peso de su cabeza en los giros más comprometidos de la carrera de la vida.

 

"Urces gandariegas" o "gandarinas"

 

Así que, si  veis algún día, mientras deambuláis por el monte, asomar detrás de alguna “urz gandariega" o "gandarina" un par de orejinas tiesas y un rabo rubicundo, largo y peludo, con la punta blanca, estad seguros de que son de algún raposín de los nuestros. Entonces, si la tenéis a mano, dejad caer al suelo, como por descuido, una "rebojina" de pan untado con tocino o con mantequilla. Para él será el manjar más apetecible, no le sabrá ni soso ni amargo, porque tendrá el sabor de la amistad, y, como es muy listo, se dará cuenta de que ningún rapacín cepedano, ¡nunca, jamás, por muy cabreado que esté! le arrancaría un colmillo ni le chamuscaría el rabo.

 

Ferreras de Cepeda

Primavera 2018