Orogenia.

¿Cuándo, dónde y cómo se formó nuestro territorio?



Cuando nos preguntamos dónde, cuándo y cómo se formó nuestro territorio, debemos atender las teorías de los expertos. Por esa razón, lo que sigue no es una fantasía de cosecha propia, sino el resumen de teorías científicas razonablemente demostradas.



La Tierra desde el espacio

 

 

Formación del planeta Tierra

El planeta Tierra se formó hace unos 4.500 millones de años dentro del sistema solar, cuando el sol tenía ya unos 100 millones de años. Surgió, en un universo sin vida, de la acumulación de gases, polvo, rocas y pequeños planetas, restos de la formación del Sol, que fueron atraídos entre sí (proceso de acreción) por la fuerza de gravedad.

Como apoteosis del proceso de acrecimiento, otro planeta menor (Theia) chocó contra La Tierra y se fundió en ella, pero provocó la dispersión de tanta materia que dio origen a un satélite, La Luna.

 

 

Detalles de la "Teoría del gran impacto".

 


 

La Tierra, bola de fuego

A consecuencia de la energía violenta de aquellos choques, nuestra Tierra era, hace 4000 millones de años, una bola de fuego o de magma ígneo, en la que las materias más pesadas (hierro, níquel, etc.) se hundían hacia el núcleo, dejando la superficie para las más ligeras (silicatos de hierro, magnesio, sodio, potasio, aluminio, etc.). Alcanzaría la tierra un radio de 6000 kilómetros. Su velocidad de rotación era de un giro cada 6 horas (3 horas del día más 3 horas de la noche) y estaba rodeada de una atmósfera de gases tóxicos a 1200 grados de temperatura. 

Y siguió, durante otros 200 millones de años, la precipitación sobre ella de meteoritos, que ya contenían, además de los minerales omnipresentes, buenas cantidades de agua (hielo).

 

Cráter del meteorito Barringer. Arizona.

 


 

La Tierra, bola de agua

A consecuencia de este bombardeo de meteoritos, la capa exterior de la tierra se fue solidificando y enfriando hasta unos 70 grados y quedó cubierta de agua. Vista por fuera, la tierra, hace 3800 millones de años, parecería una simple bola de agua. Claro, que aquella agua no tenía por qué verse de color azul y, dada la proximidad de La Luna, sería afectada de unas mareas de una amplitud hoy inimaginable.

Por debajo del agua, aquella tierra era una capa delgada y sólida de rocas y minerales (corteza) flotando sobre una masa de gases y minerales fundidos bajo altísimas presiones (manto y núcleo).


 

¿Primeras rocas del Territorio Cepedano?

Aquel era el escenario ideal para la formación de plataformas de roca sedimentaria en el fondo de las aguas, por lo que resulta bastante verosímil la idea de que fue allí y entonces, debajo de un océano global, hace más de 3500 millones de años, cuando tuvieron su primera forma una buena parte de los componentes líticos de nuestro territorio cepedano.


 

Primeros continentes

Aquella presión interior del núcleo y manto terrestres encontró la vía de escape a través de incontables volcanes por los que fluyó durante cientos de millones de años la lava, de la que surgieron innumerables islas que formaron las tierras emergidas (continentes primitivos).


 

Primeros seres vivos 

Al mismo tiempo, en los fondos acuáticos, el agua se filtraba hacia profundidades más calientes y volvía a salir evaporada y mezclada con sales minerales, provocando reacciones químicas que dieron lugar a las primeras formas de vida elemental (bacterias).

Fueron las colonias de estas bacterias (cianobacterias, estromatolitos, etc.) las que iniciaron el proceso de fotosíntesis que había de producir el oxígeno necesario para transformar nuestra tierra en un lugar habitable. 

Hace 1500 millones de años, cuando el día terrestre duraba ya 16 horas, la atmósfera sobre el gran supercontinente Rodinia (patria) empezó a resultar respirable a una temperatura media de unos confortables 30 grados. Pero no hubiera sido posible la vida fuera del medio acuático, porque las radiaciones de todo tipo que atravesaban la atmósfera la impedían.


 

La tierra, bola de hielo

Pero el interior de la Tierra, bajo la corteza, no conocía el estado de reposo. Los flujos del magma y la presión de tanta energía activa iban a provocar un nuevo trance a la vitalidad de nuestro planeta: la fractura de la placa continental y la apertura de numerosísimos volcanes permitió la expulsión masiva de lavas que aceleraron la meteorización (absorción por las rocas basálticas) del dióxido de carbono. 

Esta disminución del dióxido de carbono redujo el efecto invernadero de la capa protectora de este gas que retenía en la atmósfera el calor de la radiación solar. Sin una capa eficiente, el calor escapaba fuera de nuestra atmósfera. Para agravar más el riesgo, la superficie blanca, a causa de la cubierta de nieve y de hielo, absorbía menos radiación calórica y reflejaba las radiaciones de forma más eficaz.

El descenso consiguiente de la temperatura en la superficie de la tierra la llevó hasta los 50 grados bajo cero, y la consecuencia inevitable fue la glaciación casi global: nuestra tierra se convirtió en una bola de nieve/hielo, hace ahora 750 millones de años.


 

La gran oportunidad para la vida

Cuando ya parecía inevitable que la tierra se convirtiera en otro planeta helado e inhabitable, sobrevino el remedio de donde había venido el riesgo: Una vez que la pasada generación de volcanes se fue extinguiendo, y el peso de la capa de hielo, de 3 kilómetros de altura sobre gran parte de la superficie terrestre, fue debilitando la consistencia de la corteza terrestre y aumentando la presión sobre el manto, el magma buscó y encontró fácil salida a la superficie por una nueva generación masiva de volcanes. Estos volcanes emitieron cantidades suficientes de dióxido de carbono como para restablecer la capa protectora. Además, ahora las rocas, cubiertas por el hielo, no lo podían absorber tan rápidamente.

Para mejorar la oportunidad, las radiaciones ultravioleta del sol, que habían penetrado libremente a través de una atmósfera desprotegida, habían ido provocando una reacción con el hielo que generó cantidades masivas de peróxido de hidrógeno (agua oxigenada). Este compuesto, altamente inestable en forma de gas, tiende a descomponerse y liberar el agua, por lo que contribuyó a aumentar el nivel de oxígeno y de ozono en la atmósfera y a restablecer una eficaz capa protectora.

Con estas ventajas y con un día que ya alcanzaba las 22 horas, se recuperaron las temperaturas hasta los confortables 30 grados y se fundió una buena parte del hielo.

La creación por tantos eventos coincidentes, hace 600 millones de años, de un ambiente rico en luz solar, agua, oxígeno, dióxido de carbono y ozono, parecía que estaba dando una oportunidad infalible al progreso de la vida (vegetal y animal) en nuestra tierra, como primer y único lugar habitado por seres vivos en todo el universo conocido. Y aquella oportunidad fue bien aprovechada por los supervivientes de las etapas anteriores a la crisis del hielo y por todos sus descendientes.


 

Grandes movimientos de la litosfera en la corteza terrestre

Antes de seguir relatando la pelea por la vida, regresemos a la tierra, al suelo, a los continentes que desde hace 1500 millones de años no habían dejado de experimentar grandes variaciones, pero no llegaron a adquirir su forma actual.


 

... Y el Territorio de La Cepeda emergió del fondo oceánico

En cambio, sí había adquirido ya su forma, en el fondo del océano universal PANTALASA (el mar total), aquella plataforma de rocas sedimentarias que hemos mencionado más arriba.

Emergió hace unos 350 millones de años en forma de gran cordillera, para formar parte del supercontinente PANGEA  (la tierra total).


Era el Macizo Ibérico, del que nuestro territorio de La Cepeda formaba parte en su Zona Asturianoccidental-leonesa.  

Fue levantado del fondo del mar por lo que se ha denominado Orogenia Varisca o Herciniana, un levantamiento de cordilleras provocado por el choque de las masas continentales de Laurasia (Eurasia y Norteamérica) al norte y de Gondwana (África y Sudamérica) al sur.

La presión de este choque persistió, con distintas intensidades, durante millones de años y se supone que levantó unas cordilleras similares al actual Himalaya.

Pero nuestro Macizo Ibérico ocupó un lugar muy crítico desde el punto de vista geológico, en el límite de la futura falla Atlántica. Aquella ubicación resultó crítica también desde el punto de vista meteorológico, pues al encontrarse en el centro de una masa continental tan extensa, lejos de la influencia de las corrientes marinas, debió ser afectado por una climatología muy erosiva, con tendencia a las temperaturas extremas.

Estas circunstancias influyeron notablemente para que aquella sierra gigantesca fuera arrasada hasta formar la penillanura de la actual Meseta Castellana. De la gran cordillera, quedaron algunas elevaciones redondeadas o alomadas de lo que antes eran las grandes montañas, y algunas depresiones colmatados de arcillas, arenas y gravas de lo que antes eran los grandes valles. 


 

... Y sigue el baile de los continentes

Desde el final de la colisión Herciniana  hasta hoy, el sentido de las fuerzas de empuje cambió totalmente y la nueva tendencia de las placas continentales se dirigió a la separación, dando lugar a la apertura de la Fosa Atlántica. Este movimiento será constante, aunque lentísimo (2,5 centímetros por año en la actualidad). En primer lugar se separaron África y América del Sur, abriendo el Atlántico Sur; luego se separaron América del Norte y Eurasia, abriendo el Atlántico Norte, hace ahora unos 250 millones de años, arrastrando al Macizo Ibérico a chocar contra el Norte de África.


 

Se levantan los Sierros de La Cepeda

Como resultado de este choque con la placa africana, hace ahora 65 millones de años, comenzó la orogenia Alpina, que ha venido produciendo los plegamientos y levantamientos de la mayor parte de las cordilleras de Europa (Cantábrica, Béticas, Pirineos, Alpes...),  y también de las sierras actuales de Los Montes de León y, entre ellas, nuestros Sierros de La Cepeda. Este levantamiento no ha terminado todavía, aunque vivió sus últimas crisis fuertes hace más de 2 millones de años.


 

... Y el proceso de erosión sigue aplanando nuestro territorio de La Cepeda

El proceso de erosión, más fuerte durante las grandes glaciaciones, sigue plenamente activo, motivado por los fenómenos meteorológicos y también por las actividades humanas de deforestación, roturación y labranza. Produce la demolición de los roquedos; la descomposición de las rocas y pizarras; el arrastre, laderas abajo, de los restos de esta demolición, en forma de cantos, gravas, arenas y arcillas; y su depósito en las partes planas y fondos de valle. Este proceso es marcadamente más fuerte en los abesedos (umbrías) que en los requejos (solanas).

Así se ha ido transformando la gran cordillera inicial en una planicie irregular compuesta de:

• Nuestros cordales serranos, todos ellos alomados en forma de sierros, cuetos, tesos, cerros..., con algunos afloramientos de peñas (cuarcitas o cuarzoarenitas y pizarras);

• Nuestros chanos y chanas, colmatados de cantos, gravas, arenas y arcillas;

• Nuestras cuestas y laderas, rotas a cada trecho por una cárcava (barrero, rivanco, arcavueche), cuando las aguas de avenida no son contenidas por la capa vegetal; o por un pequeño valle (vallín, vallea, vallina), cuando sí resiste la capa vegetal;

• Nuestros valles, en parte excavados y en parte rellenados por las arroyadas, con los restos del desmantelamiento de las sierras, chanos y laderas.

 

Los Chanos de Ferreras y Morriondo desde la cima del Pozo Fierro, con afloramientos de cuarcitas en primer plano

 


 

¿Cuál es el futuro de nuestra tierra?

Geológicamente hablando, y dada la deriva actual de las placas continentales, se estima que:

Nuestro territorio de La Cepeda no va a estar sometido a acontecimientos críticos en un futuro previsible. Sí seguirá sometido a los procesos erosivos, y en ellos influirán poderosamente los cambios climáticos y las actividades humanas.

► El Planeta Tierra no sufre procesos de consunción significativos y no es previsible que se vea afectado por cataclismos extraterrestres.

► Los científicos estiman que nuestra estrella, El Sol, contiene suficiente materia y energía para que su vida previsible alcance otros 4600 millones de años a partir de hoy, proporcionándonos la energía suficiente para la pervivencia de todos los procesos vitales en La Tierra.

 

Supuesta vida del Sol, que compartirá la Tierra


 

Éste es el territorio que nosotros hemos heredado, en usufructo, y que deberíamos dejar en herencia a las futuras generaciones.

¡Que no tengan que decir nuestros herederos que todo estaba bien hasta que nosotros lo poseímos!