Semana Santa en Ferreras de Cepeda: Oficio de Tinieblas



Nota: Este tema intenta satisfacer una petición del presidente de la Junta Vecinal de Ferreras, que tiene la iniciativa de recuperar la tradición del Oficio de Tinieblas, oficio religioso que se celebró en nuestro pueblo hasta 1960. Los detalles de aquel rito han sido facilitados por distintos informantes, aunque ellos mismos reconocen su falta de memoria precisa sobre el asunto. Por tanto, ésta es solamente una primera versión del tema, que será corregida si recibimos alguna posterior ampliación o concreción de detalles. La presentación en forma de relato pretende facilitar su lectura.

 

Cartel-convocatoria para el Oficio de Tinieblas de 2015

Programa para el Oficio de Tinieblas de 2015

►  Carracas y matracas de ferreras (2015)

 


 

 

Niño, niño, ¿por qué andas con esas armas tan peligrosas al cinto? ¿No te ha dicho tu padre nunca que los tiradores los carga el diablo?Aquel rapacín, que habitualmente era muy alegre, llevaba toda la tarde mostrando un gesto silencioso y el ceño fruncido.

Cuando llegó a casa, ya oscurecido, después de haber encerrado los corderines, que había ido a esperar al Camino de Sueros, se amurnió en un rincón junto a la lumbre. Allí fue dejando pasar el rato, mientras surrascaba el rescoldo, sin decir una sola palabra ni mirar a nadie, hasta que le mandaron sentarse a la mesa para cenar.

Cuando su madre vio que tampoco ponía arte a comer, decidió aclarar el motivo y le preguntó:

– ¿Qué te pasa, hum? ¿Por qué diantre andas tan aburrido?

 

El rapacín, tan avergonzado como triste, apenas pudo levantar la cabeza para responder en un susurro:

– Pásame que ya'stán tous los santos tapaos, y yo no tengo carraca para carraquiare.


Esto acontecía en Ferreras el Domingo de Pasión de uno de los primeros años de la década de 1950.

Ese día, por la tarde, algunos mozos y mozas del pueblo, provistos ellos de unas escaleras suficientemente largas como para alcanzar lo alto del retablo de la iglesia, habían tapado con velos morados todas las imágenes de los santos: San Juan, San Roque, San Antonio, Santa Rita, Santa Bárbara, Santa Lucía, El Ángel de la Guarda, San Isidro, San José, La Inmaculada, El Corazón de Jesús, La Virgen, y El Niño Jesús. El signo de “velar los santos” quería escenificar la renuncia a toda conmemoración o devoción festiva, para que los fieles concentraran su atención en la inmensidad del dolor de la Pasión del Redentor, que, por haber cargado con las culpas de todos, iba a ser sometido a un castigo infinito. La Semana de Pasión, anterior al Domingo de Ramos, marcaba el fin de la Cuaresma y el inicio de la Semana Santa.

Sepultura de Don Pedro Fernández Fernández, párroco de Ferreras y Morriondo hasta el 15 de Abril de 1956, fecha en que falleció a la edad de 67 añosTodas las personas del pueblo se iban a ver fuertemente implicadas en las innumerables actividades religiosas, que dirigía de forma puntual don Pedro, el cura párroco de Ferreras y Morriondo. En aquellos días coincidían actos religiosos y ceremonias sin fin: la Misa, a primera hora de la mañana; el Calvario, a primera hora de la tarde; la Doctrina para los niños de primera comunión, justo después de salir de la escuela; el Rosario, al atardecer; y, después del rosario, la lección de doctrina para toda la gente del pueblo, que incluía un repaso diario del catecismo, mediante preguntas individualizadas que el cura formulaba a cada uno de los asistentes delante de todos los demás.  (Allí le preguntó don Pedro, un día de aquellos, a un hombre mayor: "¿Dónde está Dios?". Y aquel hombre, después de pensarlo durante un momento, señaló con su dedo índice hacia el Sagrario, y le contestó: "Ahí, don Pedro"). Este repaso de la doctrina tenía la finalidad de preparar a los mayores para “cumplir por pascua florida”, cumplimiento que requería la confesión y comunión, preceptivas según los “Mandamientos de la Santa Madre Iglesia”.

Todo ello era aderezado adicionalmente con los correspondientes ayunos y abstinencias.  

A partir del Domingo de Pasión todos los niños y algunos de los que ya habían alcanzado recientemente la categoría de mozos, rapacines y rapazacos todos ellos, iban localizando o reclamando a sus padres sus carracas y matracas, que habrían pasado el año escondidas en algún desván, fuera de su alcance. Ya comenzaban a pensar en su participación en los “oficios de tinieblas” que se celebraban las noches de Miércoles Santo, Jueves Santo y Viernes Santo.

 

Después de escuchar la queja del niño, su madre, que igual que todas la madres y esposas de nuestro pueblo, llevaba control puntual de todas aquellas actividades religiosas y participaba activamente en las mismas, lanzó por encima de la mesa varias miradas incitantes a su marido hasta que éste tomó la iniciativa para dirigirse al rapaz:

-   No te preocupes, home, que ya arreglaremos eso d’alguna manera. Si no, ya te dejará'l tu hermano tocar la su carraca un ratín cada día durante la carracada.

-    D’eso nada! – replicó el hermano mayor desde el otro lado de la mesa – La mi carraca tócola yo, que me la compró'l mi padrino hace dos años por dir a daye los manojos durante'l acarreo. Si ye la dejo tocar al mi hermano, no la toco yo, que la carracada dura muy poco y no cuaya nada.

 

 

El Oficio de Tinieblas dejó de celebrarse en la década de 1960, por ser considerado excesivamente oscuro, siniestro y propenso al desorden y al barullo. Pero a partir de 2008 han proliferado los intentos de restablecerlo en algunos lugares, con un ceremonial menos dramático y unas lecturas más livianas.

Efectivamente, todos aquellos ritos y ceremonias de antaño, y más concretamente el Oficio de Tinieblas, lleno de simbolismos, pretendían escenificar el dolor por la pasión de Jesús, que fue perseguido por todas las instituciones públicas y religiosas de su pueblo (Israel); abandonado, negado o traicionado por todos sus discípulos y amigos; torturado y escarnecido por los enemigos (romanos); y ejecutado en una cruz, al fin, en medio del “abandono” hasta de su propio Padre.

El Oficio de Tinieblas representaba el dolor y la angustia del Redentor, Cordero Expiatorio de los pecados, mediante las salmodias y preces. El tono de aquellos rezos (profecías de la pasión, lamentaciones de Jeremías, el Miserere, etc) era extremadamente doloroso, tanto en las antífonas como en los responsorios o salmos, entre los que incluía los más tristes del repertorio, despojándolos de aquellas partes que los pudieran dulcificar, como el “Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo”.

En los oficios de tinieblas brillaba además de forma notoria otro símbolo,  “el tenebrario”, representación del abandono y de la soledad de Jesús, el Hombre. El tenebrario era un candelabro para quince velas que irían siendo apagadas, de una en una, después de cada rezo o lectura, rememorando la soledad final del Redentor en el momento de su agonía, causada por la traición, la negación y el abandono de todos sus discípulos y amigos.

La única nota alegre, o menos sombría al menos, durante equellos oficios, podía ser propiciada por la intranquilidad de algún niño que no aguantara a controlar su impaciencia e hiciera sonar, a destiempo y sin querer, algún repiqueteo de su carraca.

Así progresaba el Oficio: tras cada rezo, era apagada una vela.

Cuando ya sólo quedaba en el tenebrario una vela encendida, último resto de luz en la oscuridad de la noche, llegaba el momento de entonar el Salmo 51, precisamente el Miserere, el salmo penitencial que culmina la expresión del dolor y el arrepentimiento y que, por su uso habitual en los cultos de difuntos, terminaba añadiendo el sentimiento de duelo al dolor de contrición. Terminado éste, no se apagaba la última vela, sino que se la ocultada detrás del altar o en algún otro lugar, como un tesoro.

 

Nuestros informantes no dan cuenta de que en las tinieblas de Ferreras se utilizara ningún candelabro, a modo de tenebrario, aunque sí recuerdan que todas las velas y luces de la iglesia iban siendo apagadas y que, al final, se cerraban también las puertas y ventanas. Y dicen que, tras el miserere y el apagón final de las luces, don Pedro se dirigía a la parte posterior de la iglesia, debajo del coro, junto al bautisterio, llevando en una palmatoria la última vela encendida. Allí daba una fuerte palmada o un golpe con el breviario para desencadenar la carracada. Todos los niños y mozos iniciaban el toque de las carracas y matracas con la mayor potencia posible. Dicen que también había hombres que golpeaban con manotazos las puertas y paredes, tratando de “atronar a todo el mundo”. Tal estruendo en la oscuridad pretendía recordar el terremoto, el rasgado del velo del templo, y las tinieblas del eclipse, que sucedieron a la expiración de Cristo en la cruz.

 

 

A la madre de nuestro rapacín tampoco le satisfacía aquella solución de que los dos hermanos tuvieran que compartir la carraca y, enseguida intervino:

–     Así no resolvemos nada. Además este niño es muy mandao y tiene muy bien ganada la carraca. ¡Mira a ver cómo se la consigues y, si no puedes, cómprale una!

Al padre no le quedó más remedio que asentir:

– Que sí, mujer, que tienes razón. Qu’es muy buen rapá. Seylo yo bien, que m’ayuda mucho en todas las yeras. Y no t'apures, que como tengo que dir a la sierra a tronzar un roldo negrillo p’hacer un banco de sangrar los gochos y pa sacar unas piezas p’arreglar algunos atropos de los aperios, voy a traer también las piezas que necesite y le voy a hacer una carraca de bandera, un carracón que va a atronar.

 

 

Eran pocos los hombres del pueblo que se atrevían a hacer una carraca o una matraca. El Carpintero o El Carrero seguramente las hacían bien rematadas. Habría otros varios, aquellos de los que se decía que “tenían buena mano” para arreglar los aperos de labranza, que, a buen seguro, podían hacer igualmente una carraca que funcionara bien, aunque no fuera muy vistosa. Pero la mayoría de los niños terminaron utilizando carracas que sus padres, abuelos o padrinos compraban en los mercados de la zona. Como caso especialmente singular, nos cuenta uno de los informantes que Tano, el de Julia, hizo una carraquina de una rama de palera, con una navaja, durante un día de pastoreo de los bueyes en La Carrezal y que luego se la vendió a María Francisca para Germán por tres o cuatro pesetas.

 

Había en Ferreras carraquinas, carracas y carracones, matracas y matracones… Las más famosas eran la matraca de Suárez, "matracona" le llamábamos los niños,  y un par de carraconas, que tenían una bandera de más de medio metro cuadrado y siete u ocho lengüetas, pero no hemos averiguado todavía de quiénes eran.

 

 

–   Home, - dijo la madre enseguida- tampoco hace falta qu'atruene tanto, qu’este niño es ontavía muy pequeño. Mejor será que y’hagas una de la su medida.

–   Ah, bueno. – Asintió el padre. Y, luego, mirando al rapacín, le preguntó: - ¿ Y tú, cómo la quieres al cabo, grande o pequeña? ¿O quieres una matraquina?

 

–   No. – Respondió el niño, con una sonrisa ya exultante -. Yo quiero una carraca. Y quiérola así de grande. – Y, al decirlo, puso sus manos delante de él, separadas una de la otra tanto como sus hombros. - Que sea de bandera, con un rodesno de una cuarta, y tres o cuatro lengüetas.

 

–   ¡Home, mira! – Dijo el padre. – Ya l'habías pensao entera, eh? Ya sólo nos falta hacela! Pues nada, ya l'haremos tú y yo estos días. Pero ya te quiero ver lo listo que vas a'ndar esti año echando l’agua a los praos, atropando p’al ganao y guardando las vacas.

 

Don Pedro solía alargar la carracada bastante tiempo, lo suficiente para que todos los tañedores fueran agotando sus energías y, sólo cuando ya disminuía el estruendo de una forma definitiva por el cansancio de aquellos, le ponía fin con una nueva palmada.

 

Era práctica común levantar, entonces, la vela que había permanecido oculta y encender con ella otras velas para simbolizar el retorno de la luz, la confianza en el perdón de los pecados y en la redención, la esperanza en la salvación… Era, en definitiva, un anticipo de la luz del cirio pascual y de la alegría de la resurrección. En nuestro pueblo, al regresar don Pedro con la luz desde el Bautisterio hacia el Altar, la simbología resultaba plenamente colmada.

Finalmente eran encendidas las luces y abiertas las puertas de la iglesia.

Y los rapacines y rapazacos regresaban a sus casas con las carracas al hombro, ahora silenciosas, pero intercambiando entre ellos muchos comentarios de satisfacción por el compromiso superado.

El Oficio de Tinieblas podía ser repetido el Jueves Santo y el Viernes Santo. Y todavía intervendrían las carracas y sus tañedores en otro cometido: desde el Gloria de la Misa del Jueves Santo hasta el Gloria de la Vigilia de Pascua, las campanas eran silenciadas y, en su lugar, eran utilizadas las carracas para convocar a los fieles a las distintas ceremonias religiosas. Como quiera que su sonido no alcanzaba la misma amplitud que el de las campanas, eran varios niños los que recorrían las calles del pueblo haciendo sonar sus carracas antes de cada una.

 

–   Oy, tú, - intervino la madre, todavía insatisfecha – No exageres tampoco los encargos de faenas p’al rapacín, qu’este niño tien que dedicas'a'studiar, a ver si es posible que no tenga que ganas’el pan estripando terrones como nosotros. Amás, amás… esti año tien qu’hacer la primera comunión. Así que tenlo bien en cuenta.

–   Bueno, mujer, - se excusó el padre – que sólo es p’animalo, pa qu’ayude una miajina, na más.

–   Pues, mira, - replicó ella -, si precisas ayuda, ya tienes la mía, que yo válgome bien p’ayudate. Onde no m’alleguen las fuerzas, pondréy las mañas.

–   Que sí…- Contestó él- ¡Que ya lo sey yo! ¿No ves que tú y yo'mpecemos a hablarnos una ve que t’echey una mano pa’nsubiar el carro, un día que t’había dejao sola tou padre acubriendo un quiñón de pan en Los Chanos, cuando la sementera? Ya sey yo que tú puedes con todo.

–   Pues eso! Y otra cosa más: -remató ella – Vey pensando'n hacer modo y manera pa recorda'el catecismo antes de que te lo pregunte don Pedro en la iglesia. Y'hazte cuenta que, luego, tienes que dir a confesate y cumplir por pascua… ¡Por la cuenta que te trae! 

Así me gusta, rapacín, que andes siempre contento. Ah, y ten en cuenta que no debes ir a tallos al prao del cura, que luego tendrías que confesarlo y te iba a echar mucha penitencia

Finalizada la Semana Santa, el domingo o lunes de Pascua a más tardar, los padres habían de retirar las carracas y matracas, por dos motivos coincidentes: asegurar que seguirían enteras para el año siguiente y poner fin al alboroto que propiciaban.


¡Niño, no nos des más la matraca con la carraca, que nos tienes ya la cabeza loca!

 

 

Cartel-convocatoria para el Oficio de Tinieblas de 2015

Programa para el Oficio de Tinieblas de 2015

►  Carracas y matracas de ferreras (2015)