Cuentos d' antias

Capítulo dedicado a los cuentos de la tradición oral de nuestra tierra.


 

 

Pedro Lozano Ávarez


Para mí hablar de "cuentos de antes" o de "cuentos de la tradición oral de nuestra tierra" es lo mismo que decir "cuentos de Pedro Lozano Álvarez", porque en mi recuerdo parece como si todos me los hubiera contado él y sólo él.  

 


 

Presentación.

 

Las que voy a incluir en este capítulo son mis versiones para hoy de los cuentos pertenecientes a la tradición oral de nuestra tierra que aprendí  hasta la edad de once años de un ilustre paisano, Pedro Lozano Álvarez.

Son cuentos genéticamente cepedanos, igual que sus protagonistas, raposines, lobos, gallos y otros animales a los que Pedro traía de correrías por nuestro mundo de la Alta Cepeda entre otros animales, plantas y humanos también cepedanos.

He decidido publicarlos porque me gustaron tanto cuando él me los contó que durante toda mi vida me he resistido a olvidarlos. Espero que, igual que me han servido a mí para animar las tertulias con mis nietos desde que adquirí la categoría de abuelo, les puedan servir a otros abuelos y abuelas para “desachavetar” la parte más menuda de nuestra pequeña historia y hacerla perdurar en la memoria de nuestros herederos.

 

Biografía de Pedro.

 

Pedro Lozano Álvarez nació en abril de 1901 en Ferreras, hijo de Ignacio, natural de Riofrío, y de Escolástica, natural de Ferreras. Vivió con su esposa Benigna en la plaza del pueblo, frente a la “portalina” de la iglesia. Falleció el 20 de Marzo de 1960 a la edad de 58 años.

 

 

Pedro y Benigna sentados a la puerta de su casa


Pedro empleaba sus días, por obligación, en faenas de sastre y pequeñas labranzas; pero era, por afición, un virtuoso cantante y panderetero, el mejor “acomparador” de coplas o de estrofas para los ramos de Navidad, y un maestro contando cuentos.

Tenía una sonrisa permanente en su cara, un talento brillante en su cabeza, una voz templada en su garganta, unas manos saltarinas sobre la “pelleja” de la pandereta para trinar las sonajas, y un tesoro en su memoria con los mejores cantares, tonadas, “cosillinas” y cuentos de La Cepeda, de La Omaña y de La Ribera del Órbigo.

Por sus cualidades personales, la llegada de Pedro a cualquier casa de la vecindad para pasar una velada del invierno se convertía en una promesa segura de fiesta, fiestas de las que yo pude disfrutar en calidad y cantidad, ya que las nuestras eran unas de las veladas preferidas por él y su esposa. Pero una tarde del invierno de 1956 andaba yo impaciente porque no había parado de nevar en las últimas horas y no había una senda para transitar entre la casa de Pedro y la casa de mi familia a la que confiaba verlo llegar. Por eso tuve la ocurrencia de echar mano a una pala más alta que yo para despejar una senda por la que Pedro y Benigna pudieran caminar con sus madreñas y acudir a la velada. Con algo de ayuda y mucha fortuna lo conseguí. También ayudó que Pedro tenía tanto interés en acudir como yo en que acudiera. Así que aquella noche tuvimos una velada memorable cuando acudieron a la cita las “cosillinas”, las canciones y el cuento del "Rabo de Satanás" que iniciará este capítulo de los "cuentos d' antias".

 

Dónde y cómo vivíamos.

 

Sucedían estos hechos en un espacio y unos tiempos que a mí, hoy en día, me parecen la representación del paraíso, pero otras mentes más realistas los juzgarán increíbles, idealizados, fruto de la pura fantasía o de un trastorno excesivamente afectivo, ya que aparecen libres de fatigas, carencias y penas. Pues bien, desde este posible trastorno afectivo doy fe de que las fatigas, carencias y penas que padecíamos entonces eran, sin duda, graves y habituales, pero ya han menguado en el recuerdo, lo que provoca que los afectos se agranden y desborden nuestra capacidad de sentir, no sólo la mía, por lo que yo tengo oído.

 

Campanones y azafranes, choupas, barreros y bosques de Valdeján


Para precisar la imagen de aquel trasunto de paraíso, insisto en dar fe, aun a riesgo de resultar más pesado que una vaca en brazos, de que todos los días “fumeaban” todas las chimeneas de Ferreras con aromas de “cepos de urz” y cada día salía de alguna casa de cada barrio un dulce olor a pan recién “enfornado”; llovía y nevaba copiosamente, mucho más que ahora; manaban todas las fuentes, corrían por todos los regueros y arroyos buenos caudales de agua fresca, limpia de olores o colores desagradables; en las fuentes vivían las “cocas de agua”, en los charcos proliferaban los renacuajos, cantaban las ranas que algunos podíamos escuchar desde la cama cada noche, y los arroyos brillaban enjambrados por “carpinchos”, “guayalbinas” y “relamprejas” que pescábamos y comíamos con gran placer y con permiso del “picalpez”; las praderas lucían floridas en la primavera de “campanones”, “margaritas” y “azafranes serranos”, o iluminadas por las “lunceas” en el otoño, y se conservaban siempre feraces, bien segadas y “arrañadas” por el pastoreo; repicaban a sus horas las campanas con los toques de cada momento; los balidos de los corderines invocaban desde las cortes a las madres; cantaban a todas horas del día grandes bandadas de “aviyines” en las copas de los “negrillos” o de “pardalines” en los aleros de los tejados; nos despertaban los gallos mañaneros arreando a las gallinas a escarbar libres por corrales, calles y prados; las cigüeñas, golondrinas y vencejos acudían cada primavera a poblar los cielos llenando de cháchara repentina las brisas de los valles; igual que hacían las tímidas "cuguyadas", siempre dispuestas a remontar su revuelo de trinos infinitos desde las "chanoleras" hasta el cenit de los cielos, o los huidizos alcaravanes con sus lamentos crepusculares sobre los barbechos, o los desconfiados "engañapastores" vigilando los brezales desde sus posaderos, o las "linaceras" degranadoras patrullando los labrantíos, o los "curquiellos" y ruiseñores redoblando sus reclamos cortesanos por los "soutos"… mientras que cada día, sin falta, las calles y escuelas de nuestros pueblos bullían de rapacines y los montes de cachorros.

 

Fuente, todavía viva, a falta de "labriar"


No es que aquel mundo pareciera estar vivo, es que rebosaba de vida. Es que entonces teníamos noticia puntual del nacimiento y andanzas de las personas y de los animales. A cuento de estas historietas, doy también fe de que no era raro ver escabullirse entre los arbustos la figura graciosa de algún raposín, saludada siempre con simpatía por niños y pastores, algo que no ocurría con los lobos, que eran objeto de nuestra aversión y de nuestros alarmantes voceos tan pronto los veíamos columbrar algún testero en la lejanía.

Es cierto que los aldeanos cepedanos de entonces carecíamos de los medios de comunicación de hoy, pero gozábamos de unas relaciones interpersonales mucho más ricas que las urbanas de ahora. Este trato directo y constante llegaba a crear en algunos casos unos lazos tan firmes como los de la parentela, que se convertían en más que simpatía y solidaridad.

Pedro, por ejemplo, no sólo nos contaba los cuentos con ánimo de agradar y entretener, intercalando a veces partes rimadas y frases tan interesantes como el propio argumento, sino que a mí me los enseñaba para que aprendiera a contarlos con toda su riqueza narrativa. Allí tomaron forma en nuestra fantasía toda una colección de personajes célebres, como el raposín Quelisto, la raposina Quindina, el lobo Juan Bobo, el gato Melendrigue, el burro Sirulo, la oveja Zurranguera, la vaca Esparavana, el gallo Quirico, y otros muchos viejos conocidos en la comarca.

Captaba mi atención para atender al relato de cada velada, al advertirme de que él me iba a pedir que yo se lo contara en las veladas siguientes. Además, una vez que yo había asimilado el argumento básico, me animaba y me ayudaba a añadirle cada día un lance nuevo, una nueva aventura imaginaria, que no tenía que ser cierta, pero sí debía ser siempre verosímil, divertida, completa y contada en detalle como para engatusar a inocentes.

Con aquel truco de añadir lances personalizados metía a los protagonistas, al raposín en este primer cuento del "Rabo de Satanás", en mis faenas de cada día, de forma que luego, mientras yo pastoreaba las vacas en parajes solitarios o cuando cada tarde al oscurecer salía a recorrer nuestros prados para encaminar hacia ellos el agua de los regueros, me sentía acompañado, vigilado desde los “portilleros”, por mi nuevo compañero y di en implicarlo en mis andanzas y tropiezos, especialmente cada vez que me sentía afectado por alguna travesura de autor desconocido. Si, además, esa nueva aventura imaginada no me dejaba a mí en mal lugar, la incorporaba encantado a la siguiente versión del relato.

 

Dos éramos dos y, a veces, más de dos


Así ocurrió un triple milagro: que aquel raposín se incorporó, como protagonista, a mi espacio vital imaginario;  que yo asumí un papel secundario, como satélite invitado, en las fantasías de sus lances y aventuras; y que, a base de echar "murciadas" de imaginación a los argumentos, ya no resultaba previsible en qué lugar y desenlace podía terminar cada una de nuestras partidas.    

Otro aspecto de la familiaridad de los protagonistas con todos nosotros es que Pedro les hacía pensar y hablar en cepedano, por lo que debo intentar yo ahora traerlos de vuelta a nuestra vida de entonces con las expresiones originales, para recuperar la gracia de aquellos relatos, aunque por desgracia mis recursos siguen siendo menos ocurrentes que los de Pedro y el resultado será menos glorioso. Por ejemplo, el lenguaje será menos cepedano, porque yo sólo sé usar unas pocas palabras sueltas y componer con ellas algunas frases de aquella habla nuestra que voy a intentar traer a cuento.

...

Bueno, una vez situados en aquel paraíso, demos comienzo a las narraciones de hoy y mañana, que irán apareciendo a medida que tengamos humor y tiempo para escribirlas:

 

► 1 Rabo de Satanás. Aventuras y desventuras de un raposín del Clan del Arcavueche de Valdeján (Ferreras).

 

(Continuará)