Sintonía: Escenas de niños - Ensueños (R. Schumann)

 


A la Escuela con don Eusebio



Testimonio personal de afecto por D. Eusebio Fernández Cavero,

maestro de Niños en Ferreras desde 1952 hasta 1957

 


 

Cuentan en Ferreras que iba un rapacín para la escuela una mañana de diciembre, una de aquellas mañanas en que no tenía que saltar charcos ni apartar del “tollo” porque todas las calles estaban transformadas en una pura “resbaleta” y todos los techos se veían engalanados con largos “chupiteles de carámbano”. Dicen que,  justo cuando el rapacín salía de su casa, vio que unos cuantos hombres se afanaban para sujetar un “gocho” encima del banco para sangrarlo, por lo que el pobre animal “eichaba unos gruñíus qu’atruenaban los uyíus”. Y dicen que el rapacín aquel, que seguramente prefería perderse la escuela de aquel día para quedar a tirarle del rabo, aunque le tocara “apañar la morcilla'l banco”, se quedó un ratín “mirandoye pal focico” y le dijo, casi a punto de llorar también él: "¿Lloras porque te matan? Pues… ¡si t'hicieran lo qu'a mí, que m'hacen ir a la escuela!“

 


 
 1. La Llegada a la Escuela

Don Eusebio vestía cada día traje oscuro, camisa blanca con corbata y un pañuelo blanco, plegado, asomando por el bolsillo superior de la chaqueta. Siempre se le veía impecable. En los días más frescos añadía a su atuendo un chaleco de lana, a veces una bufanda y, cuando el frío apretaba de verdad, un abrigo oscuro. Calzaba habitualmente zapatos de cuero; pero, en días lluviosos o de ventisca, sabía caminar elegantemente con unas zapatillas de oreja alta, calzadas en unas madreñas siempre limpias.

Lucía un bigote completo, perfectamente recortado, y un pelo no muy abundante, siempre limpio, peinado hacia atrás sobre una frente alta y despejada.

Tenía don Eusebio 29 años cuando tomó posesión, en 1952, de la plaza de maestro de niños en Ferreras. 

A los niños nos llamaba la atención “su equipaje”: los complementos que incluía en su vestimenta junto a algunos hábitos muy personales de su diario proceder.

Cada bolsillo de su chaqueta tenía su contenido propio: en el derecho llevaba medio cuarterón de picadura de tabaco, en el izquierdo un librito de papel de fumar y un copo de algodón, en el interior del faldón izquierdo de la chaqueta un encendedor metálico de martillo para gasolina y en el próximo a la solapa izquierda un pañuelo blanco y un lápiz más delgado de lo corriente, siempre entero, perfectamente afilado. 

Usaba don Eusebio unas gafas de pasta marrón con lentes oscuros que velaban su mirada. Nosotros les llamábamos “anteojos”, “los anteojos de don Eusebio”, porque tenían más categoría que unas gafas, eran como el bonete de un cura o la espada de un guerrero.

Casi siempre iba a la escuela caminando por “El Senderín”. A veces, sólo a veces, lo veíamos llegar con una boina negra ligeramente ladeada, cuya presencia nos alarmaba de algún modo, porque la interpretábamos como un mal presagio, como un síntoma notorio del padecimiento de alguno de sus varios quebrantos de salud más habituales: la acidez de estómago que combatía con bicarbonato, las jaquecas o dolores de muelas que combatía con Okal, o una tristeza profunda para la que no le conocimos remedio alguno, ni siquiera el alivio momentáneo de algunas risas que, sin duda, abundarían entre una cuarentena de rapacines, pero que él apenas compartía.

Sobre su mesa de la escuela aparecía depositada otra prenda que no era de vestir, pero que lo revestía a él de una autoridad omnímoda: “la varina de salguero”. Aquella vara también tenía entidad propia. En nuestro criterio infantil la juzgábamos sagrada e intocable. Bien recortada, semiescamondada y seca, de medio metro de larga y gruesa como un dedo, debía ser un poco flexible, de forma que don Eusebio la pudiera flexionar fácilmente asiéndola con una mano por cada extremo. Todas estas características eran importantes, porque debían ser tenidas escrupulosamente en cuenta por el niño que fuera designado para traer una nueva en caso de rotura o desaparición de la existente. Si la varina tenía su propia dignidad, don Eusebio la sabía llevar con distinción, a menudo en la mano, al igual que lo hacen los oficiales del ejército de La Gran Bretaña. A veces se daba ligeras sacudidas con ella en la parte posterior del pernal derecho, y, en cualquier ocasión, un par de ligeros toques de aquella vara sobre el borde de la mesa, sobre el encerado o sobre algún pupitre concitaban de forma inmediata nuestra atención y un silencio tan expectante que podíamos oír hasta el vuelo de las moscas.

 

¿Cómo éramos nosotros, los escolares?

 

Éramos más de cuarenta niños de 6 a 15 años, de familias prolíficas, muy inquietos, seguramente hiperactivos según un diagnóstico actual, con unas ganas enormes de correr, de divertirnos y con muy escaso interés por el estudio.

Puesto que no gozábamos el privilegio de una dedicación exclusiva a las tareas escolares, sino que durante el horario extraescolar debíamos ayudar a la familia en todo tipo de labores, ya fueran domésticas, ganaderas o agrícolas, nuestros cuerpos y ropas mostraban de forma inevitable las marcas indelebles, a base de desgarrones, costurones y manchas, de una vida nada sosegada.

Nuestra indumentaria apenas dependía de la edad, porque solía estar compuesta de prendas de transmisión hereditaria que pasaban de hermanos mayores a menores. Tampoco dependía de la estación del año, porque los recursos no daban para tanto. Pero sí dependía en todo de las habilidades de nuestras madres y abuelas, ya que eran ellas las que confeccionaban o “arreglaban de viejo” nuestras prendas de vestir: pantalones o petos de mahón azul, generalmente con tirantes, de pernal corto casi siempre, largo y bombacho sólo a veces en invierno; jerséis y calcetines de lana de oveja, que había sido esquilada, hilada y tejida en casa, teñidos en colores oscuros; alpargatas en verano y zapatillas en invierno, que nunca duraban mucho en buen estado, con madreñinas si llovía o nevaba. Las chaquetas y zapatos, si los había de la primera comunión, quedaban para el día de la fiesta y para salir en la foto. Sólo al final de los años 1950 se llegaron a ver algunos pies afortunados calzando katiuskas de goma o chanclos de madera. Así que los sabañones en manos y pies eran de buena cosecha, propios de la estación. Para rematar nuestra brillante apariencia, no faltarían con frecuencia en las mangas de nuestros jerséis algunos lamparones de mocos resecos, limpiados al resbalón del antebrazo. No es que fuéramos más mocosos de lo normal, es que los moqueros no nos duraban nada en los bolsillos; además, ¡hacía un frío algunos días...! Menos mal que, gracias a las oportunas hacenderas, no faltaban casi nunca las urces y los cepos para llenar la estufa. 

Nuestro material escolar tampoco daba para presumir. Eran pocos los que tenían un "cabás" de madera con asa o una carpeta de cartón; los más llevaban el material bajo el brazo, atado con una cuerda o una correa.

Aquel material se componía básicamente de un manual de estudio, que sería el parvulito o alguna cartilla de primeras letras para los más pequeños y la enciclopedia para los mayores, y la pizarra con su pizarrín para todos, para escribir, dibujar y hacer las cuentas o problemas.  

Cuando avanzaron los años, mediados los 50, fueron apareciendo los cuadernos de caligrafía, por los que don Eusebio manifestaba una notable preferencia frente a los de cuentas o problemas, de los que admitía el ahorro, supliéndolos él por ejercicios dictados de su propia invención. También llegaron entonces los palilleros y plumines para escribir con tinta, tinta que hacíamos en la escuela con agua y unos polvos negros o azules, y los lapiceros y las gomas de borrar junto con algunas pinturas de colores. Igualmente llegó en 1954 “la ayuda alimentaria americana” en forma de leche en polvo, mantequilla y queso, por lo que añadimos encantados a nuestros útiles escolares un “tanque” para tomar la leche en la escuela y una “fardelina” con una “reboja” de pan para untar la mantequilla o el queso.

 

Mención aparte merecen nuestros recreos. Aquel rato, verdadera liberación del cautiverio, comenzaba con un griterío irreprimible que “se sentía” en todo el pueblo. ¡Hasta los perros debían quedar impresionados de la que “liábamos”! Allí jugábamos a todo, pero casi siempre optábamos por los juegos que requerían correr a desahogo. Si había alguna pelota o balón a mano, algo realmente excepcional, había que repartirse enseguida en dos equipos y a disputar el partidillo. Pero aquel ratín se esfumaba al instante, no daba para nada. Durante el recreo aparecían los encargados de preparar la ración (de leche y queso o mantequilla. ¿Recordáis?: “Donated by the People of the United States of America” y aquel otro de “Not to be sold or exchanged”, que algunos, desmedidamente intuitivos, tradujimos, sin diccionario, por “que no esté al sol o se exchanga” ¿...?).

Un poquito antes del tiempo límite del recreo, tocaba “la carrerina” en pelotón hasta la casa de “La Tía Ignacia” o de “La tía Josefa” a pedir un trago de agua del pozo ¡cuánta guerra les dimos y cuánta sed nos quitaron!

¡Después sí que ya no quedaban más excusas para no volver a la faena! Bueno, tal vez la meadina de última hora en el cañalín...

Respecto a nuestro aspecto higiénico, hemos de decir que la atención insistente de Don Eusebio consiguió que éste fuera también, a pesar de las penurias, casi siempre impecable. Él se encargaba de meter en nuestras "ocupadísimas cabezas" la importancia de la limpieza mediante sus puntuales “revistas de manos, de uñas, de orejas, de rodillas, de pelos, de cuellos… y de mangas del jersey”, que pasábamos en fila rigurosa cualquier día de forma sorpresiva y de forma puntual cada tarde de los sábados, sábados que se constituyeron ya en "el día de tirarnos a la palangana". A los que no superábamos satisfactoriamente el reconocimiento en profundidad nos dedicaba don Eusebio el dictamen abochornante de que “nuestras orejas, cuello, pelo... podrían criar berzas” y nos expedía a casa con el encargo de presentarnos de nuevo de forma inmediata, en perfecto estado de revista, después de que nos hubiéramos sometido a su famoso trío milagroso: “estropajo, jabón y agua”.


2. Los hábitos de don Eusebio

Aparte de enseñar de forma concienzuda cada tema de la materia docente, don Eusebio solía practicar varios ritos que nosotros seguíamos con atención hipnotizada: 

El rito de limpiarse los anteojos lo repetía al comienzo de cada clase, después de la oración, mientras esperaba a que nos acomodáramos en los pupitres y comenzáramos las tareas. Extraía con la mano derecha el pañuelo del bolsillo superior de la chaqueta, se quitaba los anteojos con la mano izquierda, exhalaba su aliento sobre cada una de las lentes y procedía a una exhaustiva limpieza de ambas con el pañuelo. Luego comprobaba al trasluz la eficacia del proceso y, si le parecía necesario, insistía sobre algún punto de las lentes que no resultara impoluto o repasaba con el pañuelo la propia montura. Nosotros, que estábamos poco acostumbrados a la contemplación de sus ojos, casi siempre ocultos por las lentes, no perdíamos detalle ni de su proceder ni de su mirada triste. Cuando terminaba la limpieza de las gafas, se daba un pequeño masaje en el nacimiento de la nariz, entre los ojos, y se las colocaba de nuevo. Finalmente cogía el centro del pañuelo con el índice y el pulgar de su mano derecha, lo sacudía para que se desplegara hacia abajo y lo hacía pasar entre el pulgar y el índice de la mano izquierda para plegarlo a lo ancho; luego lo doblaba por abajo y lo introducía con cuidado en el bolsillo superior de la chaqueta, haciendo que sus puntas asomaran ligeramente sobre la abertura del bolsillo, al lado de la solapa.  

La tarea de liar sus cigarrillos la repetía varias veces durante cada clase. Liaba los cigarrillos con mucha parsimonia y con un método siempre idéntico, utilizando todos los dedos de cada mano en un proceso ritualizado: en primer lugar, separaba un pizco del copo de algodón, lo redondeaba en forma de cilindro entre el índice y el pulgar de la mano derecha y lo recogía entre la palma y el dedo meñique de la mano izquierda. Después extraía una hoja del librito de papel y la colocaba entre los dedos índice y medio de la mano izquierda, apoyándola también sobre el pulgar. A continuación tomaba dos o tres pulgaradas de picadura del cuarterón de tabaco y la repartía sobre la hoja del papel. Luego lo iba rodando entre los dedos de ambas manos hasta formar un cilindro no demasiado apretado, un poco más grueso por el extremo derecho. Una vez que le parecía bien formado el cigarrillo, humedecía con la punta de la lengua la parte engomada del papel, lo pegaba con cuidado, y retorcía un poquito el papel por el extremo más grueso del cigarrillo.

Entonces comenzaba su parte más personalizada del proceso: metía el extremo no afilado del lápiz por el lado más fino del cigarrillo para encalcar el tabaco en su interior, dejando a la vez un hueco de un centímetro de profundidad para introducir el pizco de algodón que había preparado previamente y que luego recalcaba en su interior con el lápiz. Con ello conseguía un filtro de su propia invención que no sabemos si era necesario para su salud o para su paladar. Finalmente sacaba el encendedor del bolsillo interior del faldón de la chaqueta, encendía el cigarrillo con una profunda chupada y expelía una gran bocanada de humo hacia lo alto.

Don Eusebio era un fumador empedernido, tanto que las uñas y las yemas de sus dedos índice y corazón lucían una tonalidad ambarina por el contacto con el humo y la nicotina. Pero nunca dudó en reprender y castigar duramente nuestros bautismos de fuego con el “fumeque”. En una ocasión castigó a casi todos los alumnos de la escuela por haber participado en lo que él llamó un “corrillo de fumadores incipientes”.

Otra práctica suya, ésta solamente ocasional, consistía en acercarse a una de las ventanas, unas veces a las que daban hacia La Silvar y al sol de las tardes de invierno, otras veces a las que daban hacia El Valle y al sol de las mañanas, para permanecer abstraído durante varios minutos, mirando a la lejanía. 

Todos aquellos hábitos suyos eran sagrados para nosotros, los percibíamos como una tregua, y los observábamos en silencio siempre que no tuviéramos pendiente la conclusión de alguna tarea perentoria. Sólo los más osados se atrevían a iniciar algún gesto de distracción o de broma durante los mismos, ya que nos sentíamos permanentemente controlados por él, hasta cuando nos daba la espalda.


 

3. El carácter de don Eusebio

Don Eusebio era, sin duda alguna, un perfeccionista en todas sus actividades, un responsable atormentado y seguramente incomprendido en todos sus cometidos, que ejercía dentro y fuera de la Escuela, dentro y fuera del horario escolar. Él seguía ejerciendo de educador en la Iglesia o en la misma calle.

En su comportamiento social se mostraba siempre correcto, acaso excesivamente serio y formal. Así, su carácter resultaba difícil desde la distancia, desde el respeto que imponía su sola presencia. Para el común de la gente de Ferreras esa distancia era siempre lejana.

Los escolares lo saludábamos, tanto en la escuela como en la calle, con un “buenos días tenga usted”, alto, claro, en cantinela casi musical. Él siempre, sin falta, contestaba, asentía con la cabeza, aunque es dudoso que se fijara en nosotros si no detectaba algún proceder incorrecto.

Pero algunos de sus alumnos alcanzamos, llegamos a gozar su rica proximidad con ocasión de tareas o estudios extraordinarios.

 

Sus enseñanzas:

Era un docente concienzudo y persistente hasta la dureza. Dominaba todas las materias lectivas de forma enciclopédica. No dejaba de enseñar todos los temas de aritmética, geometría, religión, lengua o gramática requeridos por los programas académicos. Pero con las materias que realmente se entusiasmaba era con la historia y la geografía. En los temas de geografía o de historia, ya fuera sagrada o profana, se desbordaba y, una vez que conseguía dar por superados los niveles obligados para todos, no dudaba en aportar lecciones magistrales o dictar apuntes extraordinarios, tal vez improvisados, de su propia cosecha. Así fue como la mayoría de nosotros adquirimos unos conocimientos que nos permitieron no sólo superar las pruebas de ingreso a otros estudios, sino hasta vivir de las rentas y cosechar calificaciones notables en niveles superiores. Ahí era donde te lo podías encontrar sorprendentemente amistoso y te podía dedicar, a menudo, comentarios o incluso confidencias sobre sus inquietudes o aficiones, aun a sabiendas de que difícilmente lo alcanzábamos a comprender. 

De él aprendimos el relato de los grandes acontecimientos de la historia universal y de la historia sagrada, las biografías de los personajes más notables de todas las civilizaciones antiguas, los conceptos inverosímiles del universo y del sistema solar, la identificación y localización de los océanos, mares, continentes y archipiélagos, los nombres de las naciones y ciudades, de los ríos y sus afluentes, y de los demás accidentes geográficos principales, que éramos capaces de localizar en los llamados “mapas mudos” que él nos dibujaba en el encerado.  

Recordábamos hace poco tiempo en una tertulia de viejos “pillos”, como él nos llamaba a veces, algunas escenas memorables de sus lecciones favoritas:

  • Para escenificar los movimientos de la tierra, el de rotación sobre su eje y el de traslación alrededor del sol, acompañada en éste de la luna girando en torno a ella, utilizaba el globo terráqueo, un tintero a modo de luna, y la bombilla a modo de sol. A fuerza de explicaciones y demostraciones, descubrimos el porqué de la luz del día y de la oscuridad de la noche, de las fases de la luna, del cambio de las estaciones y de sus diferencias de temperatura.

  • Su explicación de las técnicas con las que los hombres de la edad de piedra conseguían fabricar hachas, cuchillos o puntas de lanza o de flecha a partir de piedras, huesos o ramas de árboles, nos resultó bastante comprensible en el momento en que él lo explicaba; pero a nosotros nos ocasionaba problemas contarlo luego en casa o en la calle, porque ya no parecía tan verosímil, y a más de uno nos calificaron de “mentiroso” nuestros oyentes.

  • Los dictados emocionados de las gestas de Alejandro Magno, Aníbal, César, Viriato, Pelayo, El Cid, El Gran Capitán, Cristóbal Colón y otros muchos grandes personajes nos dejaron imágenes vivas para siempre, como la de los traidores lusitanos Audas, Ditalcón y Minuros reclamando al cónsul romano su paga por haber asesinado a su líder, Viriato, y recibiendo del cónsul la respuesta “Roma no paga a traidores”; o la de los soldados cartagineses que, cuando cruzaban los Pirineos o los Alpes en su marcha sobre Roma, terminaban quemados por el frío - “torridi frigore” -; o el reproche de César a Bruto, antes de dejarse matar: “¡Tu quoque, fili mi!”; y tantas otras…

 

4. La partida de don Eusebio  

Además de sus propios problemas de salud, a don Eusebio lo afectó notablemente el aislamiento a larga distancia en que nuestro pueblo vivía sumergido, sin medio alguno de comunicación con el exterior, que no fuera el correo. Este inconveniente para su diario vivir resultó agravado después de contraer matrimonio en 1954, a la edad de 31 años. Nos consta que muchos de sus compañeros de profesión, que se encontraron en similares circunstancias en aquellos tiempos, abandonaron casi de inmediato la plaza de destino y a sus alumnos; pero él la aguantó, a pesar de todo, todavía por más de tres años. Cada sábado o víspera de día festivo partía en bicicleta a su pueblo de origen, San Cristóbal de La Polantera, o a La Silva, donde su esposa ejercía de maestra, para apurar una jornada de veinticuatro horas de vacación en familia.

Nosotros, sus alumnos, controlábamos cada uno de aquellos viajes y tratábamos de averiguar cada lunes o cada día posterior a uno festivo, a primera hora de la mañana, si había regresado, buscando las rodadas de su bicicleta delante de las puertas de la casa de Manolo y de Tuta, en la que se alojaba, con la esperanza de librarnos de una jornada de clase.  

Durante el curso 1956-1957 tuvo varios períodos de baja laboral por problemas graves de salud (¡qué lástima de omeprazol!), que apenas fueron cubiertos por suplencias incompletas, y los vecinos del pueblo le pidieron cuentas en el Concejo sobre su atención a las tareas escolares. Él propuso que varios de nosotros fuéramos sometidos a pruebas de conocimientos para demostrar que, a pesar de las circunstancias, superábamos los niveles de formación requeridos. Pero la prueba no resultó del agrado de muchos padres, no fue admitida, y sus últimos meses en nuestra escuela fueron vividos ya como un preludio de su partida. De aquellos días recordamos aún uno de sus alegatos a los dimes y diretes que proliferaban en su contra: “no es el maestro el que no enseña; son algunos pillos los que no quieren aprender”.

En el curso siguiente (1957-1958) dejó la plaza de maestro de niños en Ferreras.

 

5. Valoración de don Eusebio desde la distancia del tiempo

Según las opiniones escuchadas en tertulias de sus antiguos alumnos en el pueblo, se valora muy positivamente su capacidad y dedicación y también el resultado de su docencia. Esta opinión resulta avalada por el hecho de que la práctica totalidad de los escolares de aquellos años pudieron superar cualquier prueba o evaluación posterior a que se sometieron. Además surgieron espontáneamente vocaciones para estudios posteriores en proporción muy superior (14 de sus alumnos) a la de la mayoría de las localidades de la comarca.

Pero parece que no somos mayoría los que lo recordamos con agrado.

Quede pues este relato para constancia de nuestro respeto y agradecimiento por sus enseñanzas, que perduran todavía y que resultan, sin duda alguna, sobresalientes en comparación con muchas de las experiencias que afectaron en aquellos mismos años a otros pueblos vecinos o con las que también han afectado a otras generaciones de escolares de nuestro mismo pueblo.

A título de pincelada, de opinión ajena, recientemente hemos sabido que los hermanos Velado Graña, sacerdotes y formadores sobresalientes en nuestra diócesis de Astorga, decían de don Eusebio que era “un rayo de inteligencia”.

Mi evaluación personal concuerda con la anterior. Además quiero declarar que todos los detalles de su recuerdo resurgen una y otra vez en mi memoria de forma precisa, con muchas más luces de afecto que sombras de cualquier otro sentimiento hacia él. Hoy me parecen aquellos días y años algo glorioso, para ser revivido en su integridad. Sería una gozada "volver a la escuela" y encontrar a don Eusebio en óptimas condiciones de salud y de ánimo impartiendo de nuevo sus lecciones magistrales, aunque tuviéramos que dejar la "matanza del gocho y la prueba de las chichas" para otro momento, a ver si andaban también por allí Salo, Antonín, Pipe, Tago, Amador, Adolfo, Aurelio, Tete, Tinín, Olegario, Tagui O., Paco O., Manolín O,... 

No podrá ser porque esta vida y este tiempo no admiten "repesca ni recuperación".

Valga pues esta vivencia en su lugar.

 

Guadarrama, 2014